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Priones

Las proteínas, comúnmente son moléculas grandes y complejas, y frecuentemente presentan dobleces particulares en su molécula que las caracterizan. Estos dobleces, en muchos casos son muy importantes para que la proteína en cuestión pueda desarrollar su función biológica, de modo que los cambios a la "geometría" de la molécula de la proteína, lo que se conoce como desnaturalización, hace que esta pueda perder su papel biológico, y con ello traiga consecuencias negativas al organismo portador. Pues bien, durante décadas, los científicos estuvieron muy intrigados con un grupo de enfermedades cerebrales fatales que presentaban una carácterística distintiva: debían pasar años, e incluso décadas después de la infección para que la enfermedad fuera detectada en los individuos infectados. El cerebro de tales individuos desarrollaba pequeñas cavidades dentro del tejido nervioso a medida que las neuronas iban muriendo, de modo que el órgano adquiría poco a poco un marcado caracter esponjoso. A estas enfermedades en general se les denominó encefalopatías espongiformes transmisibles (EET).

Entre las EET están: la tembladera de las ovejas, la enfermedad de las vacas locas en el ganado vacuno, así como el kuru y la enfermedad de Creutzfeldt-Jacob en los humanos. Lo de transmisibles en el nombre de las enfermedades se debe a que ellas se pueden transmitir experimentalmente inyectando tejido cerebral del animal infectado en el cerebro de un animal sano receptor. Igualmente, se pueden transmitir por la vía del trasplante cerebral, y existen fuertes evidencias de que también a través de la comida. Una de tales evidencias se tiene cuando la enfermedad de las vacas locas tuvo un pico de aparición en Inglaterra en los años 1990 debido a que se utilizaba harina de huesos confeccionada con cadáveres de vacas a fin de incrementar el contenido de proteínas del alimento que se suministraba a los rebaños, y esto significaba que el ganado inglés estaba consumiendo el tejido de vacas que podían haber muerto de la enfermedad. Otra evidencia importante se observa en el pueblo Fore de Papúa en Nueva Guinea donde el kuru fue común debido a que practicaban rituales en los que consumían el cerebro de los muertos, pensando que con ello podían adquirir los conocimientos del difunto.

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Figura 1. Reacción en cadena que da lugar a los priones.

El primer aporte acerca de la naturaleza de las EET la hacen en los años 1960 los investigadores británicos T. Alper y  J. Griffith, los que sugieren que el agente infeccioso era una proteína, debido a que este no sufría daño cuando se sometía a radiaciones que normalmente destruyen el ADN y el ARN. Por ello, argumentan de forma especulativa que tal proteína, aunque prefería un patrón de doblez particular en su molécula, en ocasiones resultaba mal conformada, y esta molécula "defectuosa" catalizaba que otras moléculas de la misma proteína hicieran lo mismo, de modo que el "defecto" se esparcía a través de una reacción en cadena. No se hizo esperar el rechazo de la comunidad científica a esta atrevida sugerencia, ya que violaba un precepto clave de la biología molecular: los únicos materiales hereditarios capaces de transmitir información de una generación a otra eran el ADN y el ARN.

Varios años más tarde, por los primeros años de la década de 1970, un médico, Stanley Prusiner, se decide a estudiar la enfermedad de Creutzfeldt-Jacob motivado por la muerte de uno de sus pacientes. Por mucho que lo intenta no logra encontrar evidencia de la existencia de ácidos nucleicos o virus en los preparados infecciosos de EET. La hipótesis de Griffith y Alper le resulta entonces muy atractiva y concluye al igual que estos, que el agente infeccioso era una proteína, la que en un documento de 1982 llamó prión, palabra derivada de "proteína e infección".

Al igual que antes, la comunidad científica se niega a aceptar las conclusiones de Prusiner, pero su trabajo durante dos décadas, primero aislando la proteína diferente que el mismo llamó prión, y luego acumulando evidencias de que estos priones jugaban un rol en la aparición de las EET fueron convenciendo a muchos. A la larga, los experimentos hechos en varios laboratorios, tanto en el de Prusiner como en otros laboratorios fueron cada vez más probando que la especulación de Prusiner era verdadera. En un experimento clave, Prusiner inyecta priones con diferentes conformaciones anormales a diferentes receptores, y los individuos desarrollaron priones con la misma conformación anormal del prión inyectado. Por su parte, Charles Weissmann demuestra que los ratones tratados por ingeniería genética a fin de que no portaran la proteína prión de Prusiner eran inmunes a la infección con EET. Sin embargo, cuando se injertaba tejido cerebral con la proteína prión a los ratones, la parte injertada podía infectarse con las EET, mientras el resto del cerebro no. Finalmente, Prusiner gana el Premio Novel de medicina en 1997 por su trabajo en los priones.



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