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Judaismo

La historia política y social del mundo antiguo estuvo dominada por griegos y romanos, sin embargo, otra tradición, aunque no tan importante política o artísticamente, también influyó sobre la civilización occidental. Los fundadores de esta tradición, los auto denominados "Hijos de Israel", los israelitas o hebreos (de Habiru que significa nómada o marginado) y que más tarde se conocieron como judíos, un nombre derivado del lugar donde vivían, el área alrededor de Jerusalem conocida como Judea.

A diferencia con las civilizaciones griegas y romanas que eran racionales, prácticas y dedicadas a las artes, la tradición hebrea fue espiritual, mística, y fundada en la fe. Las escrituras sagradas de los judíos fueron consideradas por los cristianos como la parte, Viejo Testamento de la Biblia, y este testamento proporcionó fundamento moral y espiritual a la cultura occidental. El judaísmo en si mismo no buscó que las personas aceptaran el judaísmo (convertidos), ya que las escrituras sagradas hebreas representan las palabras de Dios a su "Pueblo Escogido". Tales escrituras enfatizaron un destino especial nacional, así como privilegios, y responsabilidades. El cristianismo, que se desarrolló ajeno al judaísmo, busca convertidos, y fue desde los primeros tiempos, en el primer siglo después de cristo (d.C), una religión de misioneros tratando de atraer a la mayor cantidad posible de seguidores. Esta religión difundió la palabra de Dios a través de los evangelistas, [de la palabra griega euangelus que significa "portador de buenas noticias" (eu, significa buenas y angelus, mensajero)]. Los propios evangelistas con su entusiasmo, finalmente hicieron converger las tradiciones greco-romanas con las bíblicas. En el 313 d.C el emperador romano Constantino aceptó tolerar a los cristianos y por ello recibió el bautismo cristiano en el lecho de muerte en el año 337 d.C.

Alrededor del 2000 a.C los hebreos fueron forzados a abandonar su asentamiento mesopotámico por la beligerancia de los acadios y el poder de los babilónicos. Para entonces, el patriarca Abraham, guía al pueblo hebreo a su asentamiento en Canaán, un país accidentado situado entre el Río Jordán y la costa oriental del Mediterráneo. Estas tierras se convirtieron en la patria hebrea, y fue entonces cuando ellos creyeron que aquellas eran las "Tierras Prometidas" por su Dios. Los judíos eran monoteístas (creían en un solo Dios) contrariamente a los politeístas de Grecia y Roma y otros pueblos del Cercano Oriente. El nombre del Dios único de los hebreos, Yahweh (o
Yahvé), era tan sagrado para los judíos nunca lo pronunciaban o lo escribían.

Las diferencias entre el Dios único de los judíos y los de los otros pueblos del Cercano Oriente eran notables, en general, las otras tribus adoraban a múltiples deidades divinas, por ejemplo, los babilónicos homenajeaban, entre otros, al dios de las tormentas y al dios de la lluvia. Mientras que los dioses de Egipto y Mesopotamia estaban presentes en la naturaleza, Yahweh fue trascendente, aparte de la naturaleza, a la que solo controlaba. Por lo tanto, el sol, que los egipcios adoraban como un dios, era para los hebreos controlado por el poder de su Dios que lo había creado, esto implica que los hebreos consideraban las figuras de las otras religiones subordinadas al Dios de Israel, Yahweh.

Religión e historia hebrea

No es posible identificar por separado la historia y la religión hebrea, ya que ambas son, esencialmente, una sola, y tal historia y religión están escritas en la Biblia, un gran libro compuesto por varios libros menores que fueron escritos durante un período de unos 1500 años a partir del 3000 a.C.(vea el artículo Valor literario de la Biblia). La Biblia hebrea se puede leer como la historia de las relaciones de los hebreos con su Dios. Para los israelitas el poder de Dios se puso de manifiesto en eventos específicos, tales como la creación del mundo así como su destrucción por la Gran Inundación.

La creación

Los hebreos tenían la creencia firme de que Dios creo el cielo y la tierra. La Biblia describe tanto a la creación de la tierra como la de los humanos que la poblaron en envidiables condiciones de existencia. La humanidad no vivió siempre en el paraíso original, debido a que, como se relata en Génesis (el libro más antiguo de la Biblia), Adán y Eva desobedecieron las palabras de Dios en el Jardín del Eden y comieron la fruta prohibida. La expulsión de Adán y Eva da inicio a un patrón de exilio que continua con el errar de los patriarcas.

Patriarcas


Los primeros patriarcas del antiguo Israel creían que habían sido favorecidos por Dios, por lo que debían llevar una vida dirigida a honrarlo. El primero de los patriarcas fue Abraham, considerado como el ancestro de los judíos. Cuando Dios le indicó a Abraham que saliera de las tierras de Ur (una ciudad sumeria importante de Mesopotamia) hacia Canaán, su respuesta fue una inmediata aceptación de la voluntad de Dios.

Dios hizo una solemne promesa en el Pacto a Abraham, sus seguidores y sus descendientes. Era un acuerdo entre Dios y su pueblo el que sería transmitido a los patriarcas que siguieran a Abraham, a su hijo Isaac y a su nieto Jacobo, o Israel. En el Pacto, Dios acepta ser la deidad de los hebreos si ellos aceptan, a cambio, ser su pueblo y seguir su voluntad. Con cada uno de los patriarcas, Dios renueva el Pacto original hecho con Abraham. Este Pacto se menciona en muchas ocasiones en los primeros cinco libros de la Biblia, los que son llamados la Ley.

No se sabe la razón por la que los hebros abandonaron Canaán y se fueron a Egipto alrededor del 1600 a.C,, pero lo cierto es, que 700 años después del tiempo de Abraham, la renovación del Pacto tuvo lugar en Egipto, que era donde vivían los hebreos. El pueblo hebreo prosperó allí hasta que los egipcios los esclavizaron. Sobre el año 1250 a.C. el patriarca Moisés desafía al Faraón, y conduce a su pueblo fuera de Egipto hacia el desierto del Sinai (el éxodo), que se encuentra en la península entre Egipto y Canaán. Allí, en la cima del Monte Sinaí, se dice que Dios le da a Moisés el Decálogo o Los Diez Mandamientos.
  1. No tendrás ni reconocerás a otros dioses delante de mi.
  2. No te harás una imagen tallada ni ninguna semejanza de aquello que está arriba en los cielos, ni en la tierra, ni en el agua, ni debajo de la tierra.
  3. No tomarás el nombre del Señor, tu Dios en vano.
  4. Recuerda el día de shabat, para santificarlo, como dispone tu Dios.
  5. Honra a tu padre y tu madre.
  6. No matarás.
  7. No cometerás adulterio.
  8. No robarás.
  9. No brindes contra tu prójimo falso testimonio.
  10. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni nada que sea de tu prójimo.
El Decálogo era transportado por lo hebreos con ellos, tallado en losas de piedra que estaban colocadas en una cesta sagrada llamada El Arca del Pacto. Además, en El Arca del Pacto se mantenían otros objetos sagrados como el memorah, una candelabro sagrado con siete brazos que había sido descrito por Dios a Moisés, y el que originalmente ilumina el Arca en su tabernáculo portátil.

Los Diez Mandamientos contienen la esencia de las leyes religiosas del antiguo mundo judío-cristiano, y aunque no cubren cada uno de los aspectos del pensamiento ético de los autores de la Biblia, su influencia ha sido enorme. Empezando con las más de 600 leyes escritas en el libro de Levíticio, y continuando con la exploración de la moralidad en los tiempos de Jesús, los Mandamientos proporcionan un fundamento para la reflexión y el análisis moral.

Los hebreos deambularon durante cuarenta años en el desierto del Sinaí para finalmente encontrar la Tierra Prometida, la tierra de la "leche y la miel", guiados por el patriarca Joshua, quién los condujo a través del Rio Jordán de regreso a Canaán. Durante los próximos más de 200 años ganaron el control de toda la región, auto proclamándoses israelitas, el honor al patriarca Jacobo que se había auto nombrado Israel.

Para los antiguos hebreos, los actos divinos como el otorgamiento de los Diez Mandamientos eran el reconocimiento de su estatus de Pueblo Escogido por Dios.

Profetas

A pesar de lo imperativo del Pacto con Dios, los hebreos creían que los seres humanos eran finalmente los responsables por sus propias acciones, y que debían hacer los que fuera necesario para mejorar su situación. Cuando algo estaba equivocado en el sentido social, el deber de los creyentes era corregirlo, y esto se convirtió en el mensaje central de los profetas bíblicos desde el octavo hasta el sexto siglo a.C.

Los profetas israelitas no eran "proféticos" en el sentido de que podían adivinar el futuro, ellos eran la palabra de Dios y por lo tanto funcionaban como portavoces, predicando lo que Dios les había instruido en alguna visión o mediante éxtasis. En muchos casos, los profetas actuaban como la voz de la conciencia, confrontando los reyes de Israel ante un proceder inadecuado. Los profetas más importantes fueron Isaías, Jeremias, y Ezequiel, aunque hubieron otros doce cuyos libros están incuídos en la Biblia Hebrea. Los profetas estaban convencidos de la la importancia de vivir de acuerdo a Los Diez Mandamientos.

Reyes

El primer reinado de Israel estuvo a cargo de Saul, entre los años 1040 y 1000 a.C. El primer libro de Samuel describe la monarquía de Saul y la llegada de David, el que salvó a los israelitas de su enemigo, los filisteos, cuando mató al gigante Goliat con la piedra de una honda.

La continuación del reinado en israel a cargo del gran David entre el 1000 y el 961 a.C (unos 40 años) estuvo plagada de sucesos militares, en este período se incluye la captura de Jerusalem, que David convierte en la capital del reino.


El rol de David como rey no le impidió componer poesía y música, como se acepta tradicionalmente, aunque ciertos estudiosos dudan algunos Salmos bíblicos. Probablemente el aspecto más interesante de David es su imperfección, la Biblia lo presenta como un sujeto que era un pecador y un arrepentido. Un hecho que demuestra como transgredía las reglas, se puede apreciar cuando despachó al soldado Uriath al frente de batalla, en el que, sin duda, resultaría muerto, así David se pudo casar son la viuda del soldado, Bathsheba. Pero David también debía sufrir la muerte de su hijo Absalom, quién montó una rebelión militar contra él.

David asienta el poder político en Jerusalem. En territorio neutral, a medio camino entre los centros de poder del reino del norte y el del sur, Jerusalem se extiende a lo largo de la cresta de una cordillera entre el mar y el Rio Jordán. Durante el reinado de David se acometen muchas obras constructivas, especialmente en el fortalecimiento de la defensa de la ciudad al extender sus murallas y fabricar torres defensivas. También se construyó un palacio real y se edificaron casas para la esposa y las concubinas de David, para sus muchos oficiales de la corte, así como para sus guarda espaldas y sus soldados mercenarios. Adicionalmente, después de haber planificado un elaborado templo (el que sería construido después por su sucesor, su hijo Salomón), David dispuso llevar el Arca del Pacto a Jerusalem y albergarla en una carpa especial.

Desde la flamante nueva capital, David extiende su control sobre las tribus vecinas, conquistando territorios que van desde el Mar Rojo al norte hasta Damasco y desde el Mediterráneo dentro del desierto hasta más allá del Río Jordán. Sin embargo, David no logró unificar los reinos de Judá en el norte e Israel en el sur, y después de haber sido desafiado su dominio por su hijo
Absalom, David termina entregando su reino y la capital a Salomón, hijo de David y Bathsheba, el que reinó entre los años 961 y 922 a.C.

Famoso por su sabiduría, Salomón está además asociado a la construcción del templo en Jerusalem.  Al igual que su padre, Salomón fue un poeta. Tiene la reputación de haber escrito el Cantar de los Cantares un poema sensual de amor que ha sido interpretado por los críticos posteriores como metafórico del amor entre Dios y su pueblo.

Políticamente astuto, Salomón se alinea con los territorios vecinos al tomar esposas de las tribus rivales. Del mismo modo, como negociante astuto, incrementa el comercio exterior y explota sus recursos naturales de cobre e hierro. Él utiliza obra esclava para fortificar la ciudad  y entonces construir un magnífico palacio y un templo muy elaborado para albergar el Arca del Pacto.

El reinado de Salomón fue pacífico; se acumuló riqueza pero la moral comenzó a deteriorarse. Las múltiples esposas extranjeras de Salomón trajeron a Jerusalem sus propios dioses, iniciando así la idolatría.

Con la muerte de Salomón, el reino de Israel se divide en dos. El reino norteño mantiene el nombre de Israel y el reino sureño fue llamado Judá. El reino del norte cayó en poder de los asirios para el 722 a.C, y el reino del sur fue invadido en el 587 a.C. por los babilonios bajo el mando de Nabucodonosor, el que capturó la ciudad de Jerusalem y destruyó el maravilloso templo de Salomón. Los hebreos del reino sur fueron expulsados al exilio, lo que inició un período que se conoce como el Cautiverio Babilónico. La edad de oro de Israel había terminado.

Los hebreos se mantienen exiliados por más de 60 años, pero aquellos que regresan a su patria alrededor del 539 a.C reconstruyen el templo. El período desde la reconstrucción del templo hasta el 70 d.C fue casi de constantes ocupaciones extranjeras, hasta que la destrucción de Jerusalem por los romanos marca el fin del poder judío en la región hasta mediados del siglo XX.

Vale decir que después de la reconstrucción del templo, los judíos establecieron una teocracia (un estado gobernado por la religión) y aunque muchos exiliados regresaron a Judá, otros muchos se mantuvieron dispersos fuera del estado y fueron llamados Judíos de la Diáspora. Durante el período post-exilio, las creencias judías comienzan a incluir nuevas características, muy probablemente influenciados por el Zoroastrismo persa, especialmente la idea de que el mundo estaba dividido en dos fuerzas opuestas y competitivas, el Bien y el Mal, representadas como Luz y Oscuridad respectivamente. En este período, también aparecen un grupo de nuevos conceptos que luego alcanzarían importancia en el cristianismo, como el concepto de Mesías (enviado de Dios para unificar y pacificar el mundo) o el Día Apocalíptico del Juicio Final.



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